El silencio de la tierra

El silencio de la tierra

Por Tanja Sagredo

1

Mariana despertó cansada, con un sabor amargo en la boca que llevaba días persiguiéndola, un sabor acedo que le hacía pensar en arena amarilla-verdosa, un sabor bilioso. Recostada, a lo largo de todo su cuerpo, ella sentía ese amargor, y el dolor punzante, terrible, silencioso que se había alojado en su costado derecho; bajo sus costillas, cerca de la cadera, en la cicatriz del apéndice muerto. Mariana había aprendido a convivir con el sufrimiento, a acomodarse, sortear esos fantasmas que se acomodaban en su cuerpo. Su tía se lo decía todo el tiempo -Marianita tú estás embrujada- y eso decía porque contaban, la familia entera, que a Mariana, de niña, una bruja se le trepo y que nunca se la pudieron espantar; que los ojos saltones y amarillos, la piel sudorosa y cetrina, el olor amargo; todo era señal de que la urraca se le había metido en las entrañas. Mariana nunca constestaba, sólo se reía desde la raíz de su dolor arenoso.

Pero esta mañana no reía más, volvieron los sueños terribles, ella no se podía levantar de la cama. Creció con el terror tejido en la carne, siempre que llegaba aquello tenía miedo de que no hubiera sido un sueño, se despertaba con la seguridad de que por fin se las habían robado, de que ya no estaban allí, clavadas en sus rodillas como ella esperaba.

Eran los pinches cuentos de su primo Alberto, que decía que tenía las piernas bonitas por ser bruja y que cuando pudiera en las noches se las robaba y no se las regresaba más. Mariana odiaba a Alberto porque siempre que le contaba eso ella se quedaba paralizada, él lo sabía y entonces se aprovechaba para manosearla. Empezó con las piernas pero poco a poco fue subiendo hasta que un día llegó a los calzones. Mariana sentía ganas de vomitar y, como si la hubiera llamado, llegó su mamá, cuando ella vió eso que su primo hacía le metió una paliza que casi lo deja tuerto. Nunca lo volvió a ver, pero él andaba suelto, eso lo sabía porque sus papás no lo acusaron, sólo la familia se enteró y prometieron callárselo hasta la muerte, por la vergüenza y la deshonra.

No lo volvió a ver pero desde entonces la perseguían los espectros, soñaba que se le iban las piernas, apenas ella caminando, soñaba que se las arrancaban unas manos negras y que la dejaban desgarrada con la sangre escurriéndose, soñaba que se las quitaba y después ya no sabía dónde las había dejado, entonces escuchaba la risa de Alberto y lo sentía cerca. A punto de tocarla.

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