El arte colonizado

El arte colonizado

Por Tanja Sagredo

El arte y la cultura en Latinoamérica, y en cualquier país que haya sido, de una manera u otra, una colonia en algún momento de los últimos tres siglos, es difícil de situar; esta dificultad parte principalmente de los cánones exportados por la respectiva metrópoli, y asimilados como preponderantes en nuestros países.

Es importante decir que los pueblos han opuesto resistencias y que han luchado por un arte propio donde su lenguaje se desenvuelva según las necesidades de la realidad que lo produce, sin embargo, el poder en este quehacer tan necesario para el hombre lo sigue teniendo, en nuestro imaginario colectivo y en las instituciones, una ruda pretensión de hacer las cosas como en el viejo continente, y muy exclusivamente como la Europa capitalista que hoy maneja el mundo y sus guerras.

No es intención negar la riqueza cultural que el mestizaje y el encuentro-desencuentro nos ha brindado, somos la cara del conquistador y del conquistado, y es esa doble máscara la que nos brinda la mayor de las oportunidades para construir un rostro sintético que sea el que nos represente digna y justamente; pero la conquista de nuestro continente ya sucedió hace más o menos quinientos años, en unos países hace menos y en otros un poco más, y es hora que de ese hombre que nos es casi familiar pero a la vez inalcanzable nazca como otro hombre que sea completamente nuestro y capaz de tomarnos en sus manos.

Eso lo lograremos en el arte, en la cultura y en la vida haciendo uso, de la manera más potente que podamos, de todas nuestras capacidades creativas, y para que ellas se desarrollen con tanta riqueza como nuestra tierra es necesario quitar la sal que nos echan las ideas de que allá, en algún otro lugar saben más y lo hacen mucho mejor, y fertilizar nuestro campo con la sangre de nuestros intentos.

En un nacimiento, siempre habrá muchos errores, muchas cosas que corregir y de las cuales aprender; pero, al mismo tiempo que esa crisis, ese huracán se desarrolle, crecerá la certeza de estar construyendo un camino propio que al final, o en medio o en alguna parte, nos dará un espejo donde mirarnos con los ojos abiertos y tener, por fin, la mirada clara.

 

 

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