Ellos son futuro

Ellos son futuro

Por Tanja Sagredo

Cuando el problema es la educación, tendemos como sociedad a pensar que lo importante es el centro de enseñanza y quienes lo integran; se nos olvida fácilmente que quien carga con la principal responsabilidad de la enseñanza es la familia y la sociedad en su conjunto.

Esto viene a cuento por el auge que, poco a poco, han tenido las escuelas privadas, espacios donde prometen desde que tu hijo será especialista en varias lenguas y prácticas extracurriculares que lo tendrán más que preparado para su futuro laboral, hasta una forma de relacionarse con la vida y con el mundo llena de “independencia” y “libertad”.

Las fallas que los padres no ven están en el extremo individualismo en el que estas formas de educación se enfocan y que no plantean el gran conflicto que viven los infantes o los adolescentes en el momento de enfrentarse con una sociedad que no corresponde a los patrones de conducta que se les enseñó en la escuela o, peor aún, cuando los niños y jóvenes viven una realidad escolar que dista mucho de tener armonía o relación alguna con su vida familiar, y que solo los hace sentir marginados de la misma.

Es en estas circunstancias, que vale la pena revalorizar la enseñanza pública y su importancia fundamental en la generación de cimientos sociales fuertes, firmes y reales que correspondan con un proyecto de nación creado por todos los que la integran.

Mucho se critican las formas de enseñanza que uniforman a los individuos, mucho se penaliza el ataque contra la supuesta libertad del individuo, sin pensar siquiera que quizá el individuo sólo es posible en sociedad y que esa uniformación permite que nos veamos más cercanos los unos a los otros, y esperamos como padres que estos espacios privados, por los que estamos pagando altísimas sumas, nos brinden la tranquilidad de un futuro “mejor” para nuestros hijos, sin importar que en ese futuro, en una dinámica imperialista y neoliberal, nuestros hijos tendrán el miserable destino de ser explotados o, más miserable y vergonzoso aún, de ser explotadores que vivirán y se enriquecerán del trabajo ajeno y la pobreza de los otros.

Para que los niños y los adolescentes sean felices, es fundamental que se sientan integrados y necesarios en su sociedad; es trabajo de los padres dejar de invertir tanto esfuerzo en ganar los miles de pesos que cuestan estas escuelas y ocupar esa energía en reeducarse y cambiar con actos concretos la realidad inmediata de sus hijos.

Nuestros hijos deben ser futuro, es cierto; pensar y sentir diferente, y ser capaces de construir con toda su creatividad y alegría un mundo nuevo. Eso no será posible mientras la maquila de patrones y obreros siga en pie y al servicio de unos cuantos; una maquila que, está de más decirlo, también apoyan las escuelas privadas al debilitar a los individuos para ejecutar su labor en la transformación revolucionaría de la sociedad.

 

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