El imperialismo en la vida de México

El imperialismo en la vida de México

Juan Campos Vega

Los términos económicos tienen diversas definiciones, a veces diferentes, y en ocasiones contrapuestas. En el caso que nos ocupa, la Real Academia Española (RAE), define imperio como un Estado gobernado por un emperador, y como zona de influencia ―conjunto de estados o territorios sometidos― de una potencia hegemónica, e interpreta imperialismo como actitud y doctrina de quienes practican la extensión del dominio de un país sobre otros por medio de la fuerza militar, económica o política.

Pareciera que ambos términos tienen idéntico significado; sin embargo, mientras imperio implica dominación, fundamentalmente política y militar de otras naciones, lo que acarrea consecuencias económicas y sociales, imperialismo significa esencialmente un aspecto económico, del que dependen los demás: político, militar, social, cultural, y otros.

Otra diferencia es su origen. Los imperios existen desde la antigüedad, mientras el imperialismo es propio de cierto grado de evolución del sistema capitalista.

Por ejemplo, el economista inglés, John Atkinson Hobson, en su libro Estudio del Imperialismo (1902), sostuvo que la expansión imperialista estuvo orientada por la búsqueda de nuevos mercados y de oportunidades de inversión en ultramar, ambos elementos típicos del capitalismo imperialista.

Pero, hasta 1916, Lenin establece una definición de imperialismo que contiene cinco rasgos fundamentales: concentración de la producción y del capital que ha creado los monopolios; fusión del capital bancario con el industrial que ha creado el capital financiero y la oligarquía financiera; exportación de capitales, sobre exportación de mercancías; asociaciones internacionales de monopolistas que se reparten los mercados, y fin del reparto territorial del mundo.

México, durante el siglo XIX sufrió dos embates del imperio francés: la Guerra de los pasteles (1938-1939), y en conjunto con Reino Unido y España, el envío de tropas a México como respuesta a la suspensión de pagos de la deuda externa por parte del presidente, Benito Juárez. Al llegar, entraron en negociaciones con el gobierno, lo que llevó a británicos y españoles a retornar a sus países, no así Francia que coludida con traidores mexicanos inició la intervención (1862-1867) para que Maximiliano de Habsburgo fuera emperador. La aventura concluyó con la derrota de los franceses y el fusilamiento del archiduque austriaco y sus cómplices mexicanos.

A fines de esa centuria, los capitales extranjeros de las naciones poderosas ya explotaban el petróleo, la electricidad, la minería y los ferrocarriles, y los capitales estadounidenses se habían convertido en los de mayor presencia.

A más de un siglo, el imperialismo continúa presente en nuestra vida, es dueño de la mayoría de los grandes bancos, comercios e industrias de bienes y servicios ―filiales de sus monopolios o propiedad del capital financiero internacional―; son los que saquean nuestros recursos naturales, explotan la mano de obra barata de nuestros compatriotas y exportan sus ganancias, lo que obliga a pedir prestado a sus grandes bancos y a organismos internacionales a su servicio.

Ellos son los culpables de nuestros más graves problemas y de la miseria del pueblo trabajador. Mientras no evitemos la presencia de la mayoría de ellos, México no será económicamente independiente ni políticamente soberano.

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