Linchamientos: El nuevo estado de la horda

Linchamientos: El nuevo estado de la horda

Por Alejandro López Bonilla

Durante años se han realizado linchamientos en diversas comunidades de la república mexicana, mediante los cuales se castiga a los delincuentes golpeándolos brutalmente, amarrados a postes con diversas leyendas escritas, haciéndoles caminar para exhibirlos a toda la comunidad, y en casos salvajes y extremos, se ha llegado a quemarlos vivos.

Dos actos de esa magnitud se cometieron en el mes de mayo en el Estado de México; tres presuntos secuestradores fueron golpeados por los pobladores que aseguraron que los acusados intentaban plagiar a un menor de edad. Dos de ellos murieron, uno cuando era golpeado por la comunidad y una mujer en el hospital, después de ser rescatada. Otro caso ocurrió en el mes de abril en Chalco, donde supuestamente sorprendieron a ladrones mientras robaban en una de las viviendas.

México enfrenta una patología de inseguridades y es por eso que en algunas comunidades prefieren solucionar los problemas delictivos ignorando totalmente el Estado de derecho, llegando al extremo de convertirse en autoridad porque la frustración y desesperación de la sociedad por mantener la paz pública frente a una policía incapaz de prevenir los delitos o detener a los delincuentes, la lleva a ejercer la justicia por cuenta propia.

Cuando la población capta a secuestradores, ladrones o violadores in fraganti la comunidad actúa, enjuicia y castiga basada en sus costumbres; frecuentemente, como se ha visto en algunos casos, a costa de la vida de los criminales. Los linchamientos son el caso extremo del abuso y la barbarie de la sociedad que conduce a la gente a asumir como propia la obligación “legal” de procurar la justica para todos. Toda masa humana puede reconstruir la horda primitiva, generando pánico por la disgregación de la multitud con la autoridad.

El psicoanalista Sigmund Freud menciona a la masa psicológica que piensa, siente y obra de un modo absolutamente inesperado, pero esto se está volviendo común en el país y es una repetición inútil mencionar el debilitamiento del Estado de derecho y su incapacidad para salvaguardar la paz pública. Pero, es indispensable para describir estos acontecimientos que ocurren en el país, porque son manifestaciones de que la población ha perdido toda esperanza con relación al papel de la autoridad y de la ley para brindar seguridad y convivencia pacífica, ya que si existieran instituciones capaces de procurar justicia y seguridad pública, no se estarían viendo éste tipo de actos.

La consecuencia de que la comunidad asuma la responsabilidad del Estado de derecho se debe a la impunidad que se vive en el sistema judicial, porque a pesar de que se han elevado las penas para violadores, secuestradores, traficantes de droga y de personas, etcétera, se siguen presentando esos actos delictivos.

No sólo se trata de aprobar buenas leyes y establecer sanciones ejemplares, es necesario que se acaten de manera voluntaria, lo cual requiere una cultura de la legalidad que en México es muy endeble, porque el crimen y la inseguridad se retroalimentan cuando quienes roban, matan, trafican o cometen violencia no son castigados. Más allá de que estas acciones se deriven de factores económicos, sociales e incluso psicológicos, el factor más relevante para la extensión e incidencia del crimen sin castigo es la impunidad. Los criminales violan la ley porque no reciben castigo.

La impunidad no es sólo culpa de las autoridades, sino también de los ciudadanos que no denuncian la mayoría de los delitos porque desconfían de la policía y las autoridades, o porque piensan que es una pérdida de tiempo por la ineficacia del sistema penal.

Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de Seguridad Pública, de 2011, no se denuncian 92% de los delitos que ocurren en el país; 99% queda impune según los indicadores del Sistema de Índices de Seguridad Pública, y los actos más visibles contra la impunidad son los linchamientos. Nada calma a la muchedumbre dispuesta a “tomar la justicia por sus propias manos” creando así un nuevo Estado de la horda, en donde impera la ley de la comunidad y no la ley del sistema de seguridad pública.

 

 

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